Pensamientos Intrusivos

Padecer pensamientos intrusivos es algo muy molesto, que puede llegar a causar gran sufrimiento. Molesto por una parte porque estos pensamientos tienden a ser negativos, alterando nuestra percepción del mundo y de nosotros mismos, y por otra porque crean sensación de impotencia e indefensión en quienes los sufren, muchas veces al parecer que estos pensamientos son incontrolables.

Pero ¿Qué son los pensamientos intrusivos?

En psicología llamamos pensamientos intrusivos a aquellas ideaciones que nos vienen a la mente sin nosotros desearlo. Es un fenómeno que tanto las personas sanas como aquellas que sufren algún trastorno pueden sufrir, pero son conocidos por ser uno de los síntomas principales de los trastornos de ansiedad, donde suelen tomar la forma de preocupaciones o miedos, tengan estos fundamento o no. Están presentes en este y otros tipo de problemas psicológicos, pero en todo caso afectarán más al sujeto cuando más recurrentes sean.

Para quien no ha sufrido esta problemática nunca puede resultar un tanto extraño que alguien no pueda controlar sus propios pensamientos, pero en realidad esto es habitual y nos pasa a todos en nuestro día a día. Para entenderlo, debemos comprender antes que nuestra mente es una máquina de crear ideas, cuya finalidad es crear respuestas con las que adaptarnos a las diversas situaciones que debemos enfrentar. Así, si generamos más ideas, es más probable que demos con una respuesta óptima a nuestros problemas.

Esta máquina nunca cesa en su funcionamiento, creando contenidos de todo tipo que pueden versar sobre cualquier tema (salud propia o de seres queridos, relaciones sentimentales, conflictos laborales y un largo etcétera). Pero entonces, si todos tenemos pensamientos sobre estos temas, ¿por qué para algunas personas resultan un problema?

Las investigaciones al respecto dejan claro que el elemento diferenciador no es el contenido, sino el significado que se le atribuye a este.  Así, un pensamiento interpretado como extraño o desagradable será desechado si no se le da importancia, si el sujeto considera que no es importante. En este caso el pensamiento no tendría mayores consecuencias, pero si se le da importancia al pensamiento, por ejemplo dándole un significado catastrofista (“debe pasarme algo grave”, “estos pensamientos no son normales”) lo estaremos interpretando como una amenaza y esto es lo que activa la ansiedad. Una vez entramos en esta dinámica, la propia tensión sufrida facilita el pensar que cualquiera de estas preocupaciones puede tener una base real (“me he imaginado que mi padre parecía estar enfermo pero, ¿efectivamente puede pasar, verdad?”) con lo cual el pensamiento es validado por el sujeto y aumentan las posibilidades de que este surja de nuevo en el futuro, aumentando esta probabilidad con el paso del tiempo si no se hace algo al respecto.

Estos significados nocivos que sirven de combustible a la aparición reiterada de los pensamientos intrusivos pueden tomar varias formas, siendo las más comunes:

  • Valoración moral negativa: Considerar que al tener el pensamiento se debe ser mala persona, creer que en realidad se desea el daño y/o sufrimiento ajeno.
  • Considerarlos síntoma de alteraciones psicológicas: Interpretar que algo no anda bien en nosotros, que padecemos un trastorno o que nuestras capacidades cognitivas se desvanecen (temor a la demencia).

En todo caso, son interpretaciones erróneas que únicamente sirven como catalizador del pensamiento intrusivo y la ansiedad asociada. En suma, cuanto más nos inquieta el pensamiento, más nos esforzamos en que desaparezca pero más fuerte se hace, pues la mente reacciona de un modo paradójico (al intentar no pensar en algo, pensamos en ello). Es como el famoso ejemplo en el que alguien dice “No pienses en un elefante” y al momento nos descubrimos pensando en el elefante para acto seguido intentar no pensar en él, aunque por supuesto ya hemos fracasado.

De lo anterior se concluye que el método menos efectivo para no pensar en algo es intentar evitarlo. Si ya resulta casi imposible con el ejemplo del elefante, que a priori no debería tener ninguna carga emocional específica, lo será más todavía con pensamientos en los que estamos implicados personalmente. Al experimentar una ansiedad cada vez mayor y empecinarnos en intentar evitar dichos pensamientos podemos desarrollar otros síntomas relacionados y trastornos de ansiedad específicos, todo ello según diversos factores de vulnerabilidad, como las propias características de personalidad de la persona.

Una de estas consecuencias serían las obsesiones, pensamientos e impulsos incontrolables y reiterados que aparecen en ciertas situaciones a pesar de los esfuerzos del sujeto por evitarlos. Se trata por tanto de pensamientos intrusivos ya asentados en la mente de la persona. Por supuesto, estas ideaciones causarán sufrimiento en el sujeto afectado, pudiendo este reaccionar intentando sustituirlos mediante acciones compensatorias a las que denominamos manías o compulsiones en terminología psicológica.

¿Cómo podemos gestionar los pensamientos intrusivos?

Por ahora nos bastará con saber que es importante saber reaccionar frente a los pensamientos intrusivos, minimizando su efecto y su influjo. Así pues, ¿cómo debemos reaccionar cuando surgen?

En primer lugar, deberíamos evitar:

  • Pensar que un pensamiento es una amenaza o problema por sí mismo: Cuanto más lo dramaticemos, más nos implicamos emocionalmente y más efecto negativo tendrá, aumentando además la probabilidad de reaparecer. Recuerda que un pensamiento es solo es eso, un pensamiento. Todos padecemos pensamientos extraños de cuando en cuanto, no siendo algo de lo que preocuparse por sí mismo.
  • Evitar situaciones, contextos o elementos que temamos que puedan disparar estos pensamientos: Si empezamos a evitarlos, estaremos dando validez a esos pensamientos y además nos limitaremos, perjudicando gravemente nuestra calidad de vida.
  • Hablar en exceso sobre estos pensamientos con los demás: Buscar su apoyo o consejos puede ser beneficioso, pero si se hace en exceso resultará en realidad en un perjuicio. Y es que este desahogo no deja de ser temporal, reforzando la sensación de que no podemos solucionarlo nosotros solos, afectando a nuestra autoestima y aumentando la dependencia interpersonal.
  • Realizar acciones o rituales que nos hagan sentir menos ansiosos o temerosos: Estas son las manías o compulsiones que antes mencionábamos y al igual que el anterior punto, no soluciona el problema, afecta a la calidad de vida del sujeto y en realidad supone agravar el problema en lugar de solucionarlo.
  • Intentar dejar de tener el pensamiento: Recordemos, al intentar activamente de no pensar en algo, en lugar de apartar de nuestra mente la idea lo que sucederá es que el pensamiento se fortalecerá.

En lugar de ello, lo que haremos es:

  • No dar al pensamiento mayor importancia: Como ya hemos dicho, estos pensamientos son algo normal que le sucede en mayor o menor medida al todo el mundo, convirtiéndose en problema cuando nos obsesionamos con ellos.
  • Exponernos a las situaciones o contextos que evoquen los pensamientos molestos: Por ejemplo, si sabemos que ir a comprar dispara en nosotros pensamientos o temores que nos producen malestar, es buena idea mentalizarse e ir a comprar. Una vez allí, posiblemente aparezca el pensamiento intrusivo pero podemos seguir con la actividad programada y al terminar, comprobar que el pensamiento simplemente nos puede haber producido malestar y nada más. Se trata pues de habituarse a estas situaciones y una vez más no darle importancia al pensamiento negativo.
  • Realizar ejercicio diariamente: Nuestra mente en realidad es producto de nuestro cuerpo y se ve afectada por el estado de este. Los pensamientos que esta produce son más manejables si hemos liberado energía, al estar más relajados. Esto reduce la intensidad de los pensamientos y aumenta las probabilidades de gestionarlos correctamente.
  • Dejar de dar rienda suelta a nuestros rituales o manías (si los tenemos): Si ya has adquirido compulsiones que te alivian en tu ansiedad, es mejor dejar de realizarlas cuanto antes. Lo normal será que durante un tiempo te sientas peor, más ansioso, pero tras esta primera fase la ansiedad terminará por disminuir hasta que te acostumbres a tu ausencia y desaparezca. Recuerda que los rituales no son más que un parche que te pone trabas en tu vida y no soluciona el problema. Tu objetivo debe ser en cambio aceptar la situación hasta que esta poco a poco deje de afectarte tanto.
  • Dedica un tiempo concreto a preocuparte: Si llevas ya un tiempo sufriendo estos pensamientos, es ciertamente difícil aprender a evitarlos de la noche a la mañana. Por ello puede ser buena idea establecer en un horario diario un espacio de quince minutos, siempre a la misma hora, para poder centrarnos en esta preocupación y analizar qué hay de verdad o no en ella, intentando ser siempre objetivos. Pondremos una alarma o cronómetro y en cuanto suene debemos asumir que ya le hemos dedicado al tema el tiempo necesario, dejándolo estar hasta el día siguiente. Así, cuando durante el día nos asalte el pensamiento, evitamos esa incomodidad que sentimos al intentar simplemente ignorarlo, pues sabemos que lo que estamos haciendo es postergar el pensar en ello, pero que le vamos a dedicar nuestro tiempo más adelante.
  • Concienciarte de que no necesitas enfrentarte a los pensamientos negativos: Como ya hemos reiterado, la mayoría de las personas tienen este tipo de pensamientos de cuando en cuando, pero simplemente los desechan y los dejan pasar. Un pensamiento solo es eso mismo, un pensamiento, no un indicativo de una realidad presente o futura, por lo que cuanto mayor nuestra aceptación de los mismos como algo normal y sin importancia, menor será la probabilidad de que se perpetúe su aparición.

Por supuesto, si aun siguiendo estos consejos no nos vemos capaces de superar la situación y consideramos que está afectando a nuestra calidad de vida, sería recomendable visitar a un profesional de la salud mental que estudie nuestra situación, las características única de nuestro caso y nos dé consejos específicos y adaptados para poder pensar de un modo más saludable.

 

REFERENCIAS

Pensamientos intrusivos, por Elena Miro.

​Pensamientos intrusivos: por qué aparecen y cómo gestionarlos, por Esther Cabezas Gutiérrez

La paradoja del procesamiento irónico o el problema del oso blanco.

Manual de psicopatología y trastornos psicológicos, por V. E. Caballo, I. C. Salazar y J. Carrobles.

Manual para el tratamiento cognitivo-conductual de los trastornos psicológicos, por V. E. Caballo.

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