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Los Incel: célibes involuntarios, misóginos recalcitrantes

Feminismo. Un término que cada vez parece oírse más, habiendo quien hace de él un objetivo a lograr y quienes se oponen a ello. Definimos como feminismo el principio de igualdad de derechos entre hombres y mujeres, así como el movimiento social que lucha la realización efectiva de dicho principio. En materia feminista se ha avanzado mucho en los últimos años, aunque queda mucho más por lograr. Por ello, las huelgas, concentraciones, manifestaciones y otras actividades con el feminismo y la mujer como eje central deberían ser motivo de orgullo y alegría, pero es evidente que no todo el mundo piensa igual.

Y es que en el otro lado del espectro ideológico encontramos personas de ambos géneros mostrando su repulsa a todas las actividades antes referidas y a cualquier otra que se pueda etiquetar como feminista. No son pocos los mensajes que podemos encontrar expresando que «necesitamos menos feminismo y más igualdad». Y si bien afirmaciones como esta darían para un artículo propio, hoy prefiero no ahondar en el tema y centrarme en otro relacionado del que se ha hablado menos: los incel.

¿Qué es eso de incel?

Quizás sea pertinente una pequeña introducción al concepto, el cual proviene del inglés «involuntary celibate» o célibe involuntario en castellano. Este término designa un grupo social compuesto mayormente por hombres heterosexuales, que manifiestan sus quejas respecto a que no logran mantener relaciones sexuales. Dichas quejas suelen ser expresadas sobre todo en entornos virtuales, habiendo ido cogiendo fuerza como movimiento reaccionario al feminismo.

Pero, ¿cómo se relacionan ambos fenómenos? Esto sucede debido a que los incel normalmente se sienten resentidos con las mujeres al considerar que lo que les sucede es culpa de ellas. Y si bien esta «culpa» puede tomar muchas formas, este grupo social tiende a manifestar comportamientos y actitudes misóginos, justificando la violencia contra las mismas. A esto hay que añadir que también suelen sentir resquemor frente a los hombres que no comparten «su condición», aquellos que según creen han tenido la suerte de nacer con atributos que los hacen más deseables.

Explicado así, en frío, puede parecer algo delirante, pero demuestra ser motivo de preocupación cuando al buscar «incel» en Google Noticias lo que encontramos (en el momento de escribir este texto) en la primera página de resultados es lo siguiente, en orden de aparición:

  • Varios reportajes sobre Nido.org, un foro dedicado exclusivamente a compartir material sexual sin permiso (véase pornovenganza), a veces inclusive relativo a menores.
  • El boicot a Capitana Marvel, por el mero hecho de ser esta película protagonizada por una mujer.
  • Información sobre Lamuel Lukas Luis Donoso Moscheni, administrador del mencionado foro.
  • Un tiroteo reciente orquestado por este grupo social en el cual murieron dos mujeres.
  • Un reportaje que resume varios ataques y atentados como el antes citado.

Si realizamos una búsqueda similar en la versión inglesa de la web, los resultados no son más halagüeños, como tampoco lo son si avanzamos más allá de la primera página de resultados. Siendo como es este un fenómeno en auge, lamentablemente, no es difícil encontrar información más extensa al respecto. El patrón es casi siempre el mismo, el de hombres con escasas habilidades sociales y por tanto aislados, que nunca han mantenido relaciones sexuales y que encuentran en foros como el ya mencionado una comunidad que respalda y valida su forma de sentir y pensar, retroalimentando sus actitudes y comportamientos nocivos, aumentando cada vez más su odio hacia las mujeres y hacia todo aquel que no les dé la razón.

En no pocas ocasiones achacan su soledad a su aspecto físico, considerando que el mundo (las mujeres) es superficial y que eso les condena a un destino injusto. El hecho que se reúnan en internet agrava el problema, pues con el anonimato que proporciona un seudónimo se sienten con ánimos de expresar sin límites su odio, que no solo toma forma de misoginia, sino también de misantropía y xenofobia, entre otros. Hemos de suponer que la inmensa mayoría de ellos jamás concretará dicho odio en conductas violentas explícitas (aunque una cantidad relativamente alta de ellos sí lo hace), pero el problema va incluso más allá del las explosiones de agresividad.

El discurso de la subcultura incel habla de organizar un contraataque contra las mujeres, de privarlas de su libertad sexual (puede parecer que exagero, lo sé), llegando a afirmar que sería lo justo para así garantizar que ellos tuvieran cubiertas sus necesidades en este sentido. Son ideas muy extremas, pero la comunidad online que forman las refuerza hasta que ya no se sienten solos en ellas, tomando cada vez más fuerza y radicalizándose debido a la camaradería que se forma entre ellos y gracias al efecto cámara de eco valida su forma de pensar. Lógicamente, los miembros de estas comunidades no se llevan siempre bien con todos, pero con una autoestima afectada y habilidades sociales limitadas, se seguirán sintiéndo más cómodos entre ellos al no recibir censura o reproches por su parte y sí aceptación.

Hay que entender que incel no equivale a odiar a las mujeres, ni odiar a las mujeres te convierte en incel, pero con un breve vistazo a alguno de estos foros resulta absurdamente sencillo comprobar que en ellos se promueve dicho tipo de ideario: misoginia, autoindulgencia y autocompasión, rabia acumulada que desea ser expresada como venganza. Lo llaman la rebelión de los incels o el alzamiento beta, entre otros apelativos. ¿Que qué es un beta? Es otro término con el que muchos de ellos se autodenominan, como contraposición a los «alphas», los hombres que sí son escogidos por las mujeres como parejas, según ellos por tener la suerte de ser más guapos, poseer mejor posición económica, etc. Como vemos, la ideología posee un fuerte componente de autodesprecio.

Un usuario demanda el alzamiento beta, pidiendo que se asesine no solo a mujeres de forma azarosa, sino también a alguna feminista conocida para así enviar «el mensaje».

No hace falta ser un experto en movimientos sectarios peligrosos para darse cuenta que los grupos incel reúnen suficientes de sus características como para ser preocupantes. No es de extrañar que el Southern Poverty Law Center (organización especializada en el estudio de las ideologías de odio y su prevención) añadiera la «supremacía masculina» a su particular lista, destacando dentro de ella a los grupos incel. Keegan Hankes, investigador de dicha organización, informaba muy preocupado que en los foros incel leía discursos más violentos incluso que los que suele encontrar en los foros de temática racista. Explica además que dichos discursos suponen un grave peligro, pues los individuos que hasta el momento de leerlos no hubieran tenido pensamientos violentos empezarán a exponerse a ellos en una dosis altísima, lo cual les afectará seguro.

Hace ya aproximadamente un año, un hombre llamado Alek Minassian perpetró un ataque en Toronto, atropellando a diez personas con una furgoneta, de las cuales ocho eran mujeres. Podría haberse tratado de un fatídico accidente, pero no es el caso. Días antes, Minassian había escrito en redes un mensaje preocupante. Rezaba tal que así: «¡La Rebelión Incel ha comenzado! ¡Derrocaremos a los Chads y Stacys! ¡Saludad al grandioso caballero Elliot Rodger!».

En la terminología de estos grupos, un Chad es lo mismo que un alpha, es decir, un varón sexualmente atractivo, aunque el término es susceptible de aplicarse a cualquier hombre que no sea un incel. Por su parte, el término Stacy es usado por esta comunidad para referirse a las mujeres que consideran sexualmente atractivas y que según ellos solamente tendrán relaciones con los «Chad». Además, el nombre con el que se refieren al resto de mujeres es «Becky», considerando que ya que estas «no podrán» relacionarse con Chads, «el orden natural» dicta que deben relacionarse con ellos (los incel) y que al no hacerlo están agraviándoles y contradiciendo dicho «orden». Y si esto ya de por sí es grave, deberíamos saber que no son los términos más graves que usan para referirse a las mujeres. Podemos afirmar pues que se trata de grupos en cuya raíz encontramos grandes dosis de autocompasión, resentimiento, desprecio y odio.

En cuanto al nombre citado por Minassian, Elliot Rodger, se trata de otro terrorista incel que cometió su crimen en el año 2014, una especie de mártir para la comunidad incel, como se deduce del empleo del apelativo «grandioso caballero» para referirse a él. Tras su propio ataque, Minassian era también reverenciado por buena parte de la comunidad incel, aunque el resto de la misma manifestaba sus quejas respecto a que no hubiera hecho mucho más. No reproduciré ninguno de dichos mensajes por motivos evidentes.

No obstante, si Minassian prácticamente había anunciado su ataque en redes y ya existían varios precedentes ¿cómo es que no se le detuvo a tiempo? ¿Cómo es que este no es un problema al que se le dedica más atención? En buena parte es debido a que la sociedad no los percibe como un peligro real, precisamente por la visión hipermasculinizada imperante. Sin darnos cuenta, despreciamos el papel que puede jugar un individuo aislado con las características comentadas, no le damos la importancia que deberíamos, no se percibe como un peligro real. Además, los grupos incel tienden (como muchos otros grupos violentos, véase ISIS) a atribuirse los ataques con lo que se sienten identificados, incluso cuando la autoría es desconocida, por lo que al no ser un grupo verdaderamente organizado se les menosprecia en cuanto a la amenaza que pueden suponer.

Encontrar alguna de estas comunidades no es complicado, y aunque por suerte ya se han cerrado varias a fin de limitar el poder que la retroalimentación de dichas ideas tiene en estos hombres, nuevos grupos online surgen a diario para substituir a los desaparecidos. Si entráramos en alguno, veríamos que mensajes como los de Minassian y Rodger no son precisamente minoría, y puesto que la mayoría nunca pasan de meras amenazas y fantasías, identificar a los potenciales asesinos para intervenir se torna en una tarea realmente complicada. En muchos de estos textos vemos que, tras un tiempo de pertenencia a la comunidad, los mensajes pasan de expresar su deseo de mantener relaciones con mujeres a también manifestar querer dañarlas, humillarlas, agredirlas, controlarlas y vengarse de ellas. Una petición recurrente es el deseo de que los roles de género reviertan a como eran previamente, relegando a las mujeres a las tareas del hogar y a satisfacer los deseos de «sus hombres», justificando la violencia de género con la creencia de que mediante ella lo lograrían. Estos deseos, me temo, no son algo único de los incel y de hecho podemos encontrar un número alarmante de individuos que manifiestan demandas similares.

Otros en cambio, consideran que lograr tal objetivo es imposible a día de hoy y prefieren «conformarse» con infringirles daño psicológico, acosarlas en redes y en las calles, hacerles chantaje hackeando sus archivos privados, etc. Y a pesar de estos comportamiento, los incel campan a sus anchas por las redes, poseyendo especial fuerza en EE.UU., donde las fuerzas policiales no pueden hacer nada pues les protege el derecho a la libertad de expresión, otorgado por la famosa 1ª Enmienda.

En otro países, como España, esta subcultura no se ha desarrollado tanto como grupo unido, aunque igualmente su forma de pensar sigue cobrando fuerza. La Unión Europea ya ha advertido que tomará cartas en el asunto si las redes sociales no ponen de su parte en combatir este tipo de ideología en sus webs, siendo conscientes que acabará tornándose un problema si su crecimiento no es detenido. El problema es que cuando intentamos combatir grupos como este, cimentados en el odio, al sentirse atacados se vuelven cada vez más violentos, propagándose como la pólvora y volviéndose volátiles como esta.

Como decía, por cada web, foro o grupo de discusión que se cierra aparecen otros sustituyéndolos, sintiéndose cada vez más predispuestos a sus ataques. De hecho, los primeros foros incel no eran más que lugares que ofrecían apoyo para gente que se sentía sola, incluyendo mujeres. Gente que hablaba de sus problemas, que pedía consejo y quería sentirse comprendida, que quería superar sus problemas al relacionarse. Curiosamente, la primera en usar el término fue de hecho una mujer, una usuaria llamada Alana, actualmente desvinculada del movimiento por razones obvias.

Sobre el porqué de la radicalización de estos individuos, hay quien lo relaciona con el auge de la derecha alternativa, alt-right en inglés, movimiento que recibe su nombre al servir como alternativa de derechas a la política más tradicional y/o conservadora. Y aunque probablemente obedece a una conjunción de varios factores, si es cierto que dicho movimiento político se relaciona íntimamente con las ideas que promulgan los incel. Como ejemplo más flagrante tenemos a Nathan Larson, quién se presentó el año pasado a congresista en el estado de Virginia, siendo un hombre que abiertamente se autoproclama parte del movimiento incel. Entre sus aberrantes propuestas e ideas encontramos que está a favor de la violación, de la segregación racial, del incesto y de la pedofilia. Puede parecer exagerado, pero Larson no oculta, ni mucho menos, su forma de pensar. Puesto que no logró la victoria, su candidatura no pasa por ahora de una desagradable anécdota, pero da que pensar que alguien como él consiguiera apoyos suficientes como para ser considerado candidato.

Otra factor muy a tener en cuenta es que internet ayuda a cimentar movimientos como este, y si bien también ha ayudado a hacer del mundo un lugar mejor y más tolerante (esparciendo igualmente las ideas feministas, por ejemplo), es innegable que sirve para catapultar mensajes de odio como el que nos atañe, perpetuándolos.

Mucho a llovido desde que Alana creara el Alana’s Involuntary Celibacy Projectdescrito en su momento como una comunidad de apoyo muy positiva y esperanzadora. Para escribir estas líneas, he indagado en internet, leído y recopilado mucha información, de la cual he omitido gran cantidad por considerarla innecesariamente explícita y ofensiva. Mensajes cargados de odio y rencor, que reflejan el sentir de individuos convencidos de que la sociedad no les quiere, que no tiene sentido vivir y que, inmersos en un mar desesperanza, están muchas veces a un paso de cometer una atrocidad, sabiendo que les pase lo que les pase sus compañeros incel les van a apoyar y respetar, tal vez a alabar como si de héroes se tratara.

Si queremos evitar que este movimiento crezca y se recrudezca más todavía, deberíamos proteger sobre todo a los más jóvenes, pues siendo como son los adolescentes especialmente permeables a las ideas que confirman sus potenciales sesgos y prejuicios, pueden más fácilmente que nadie acabar siendo atrapados por estas comunidades. Muchos adolescentes se siente frustrados sexual y sentimentalmente, por lo que no nos debería extrañar que, estando como estamos en la era de internet, acaben encontrando foros como los que hemos comentado. En situaciones como esa, cualquier apoyo, por nocivo que sea, puede resultar reconfortante, al sentir que han encontrado gente que comparte y entiende sus problemas y su forma de sentir.

Los estudios al respecto indican que alrededor de un 10% de los miembros de estas comunidades son menores de edad. ¿Qué hacer si identificamos a un adolescente en esta situación, formando parte de grupos semejantes? Podemos hablar con él, darle otros puntos de vista, apoyarle, intentar alentarle para que supere sus prejuicios y sus carencias, a mejorar su vida tanto por él mismo como por quienes le rodean. Hemos de tener muy presente que para ayudarles necesitamos tener claro qué es lo que les ofrecen dichas comunidades, siendo el aspecto más relevante la aparente compresión, por lo que deberíamos estar dispuestos a escucharles, oír que tienen que decir, qué les preocupa, sin limitarnos a criticarles sino también ofreciéndoles alternativas y reforzando sus apoyos sociales, pues necesitamos que se sientan aceptados si queremos que acaben formando parte de la sociedad y se integren plena y saludablemente en ella. Cualquier intento por ayudarles, por banal y fútil que pueda parecer, puede ayudar también a cambiar el mundo a mejor.

 

Fuentes:

La simulación en los procesos penales

A principios de año se celebraba en Manhattan un proceso judicial que tenía por objeto resolver de una vez el misterio que atañe a Etan Patz, el niño de seis años que desapareció en 1979. En dicho juicio se le realizaron al acusado diversas preguntas, algunas aparentemente extrañas como “¿Tiene problemas para comunicarse con otros planetas?”,  “¿Tiene sensaciones físicas extrañas que solamente ocurren los jueves?” o “¿Alguna vez ha sentido que la gente le seguía? ¿Le entró hambre en esas ocasiones?”

Desde luego estas preguntas pueden parecer extrañas a alguien ajeno a este tipo de procesos y cierto es que lo más habitual es que estas versen sobre dónde estuvo la persona en un momento dado, con qué propósito, qué es lo que vio, etc. La diferencia es que en este juicio se le está preguntando a alguien que supuestamente sufre de un trastorno mental severo y es que estas son el tipo de cuestiones que un psicólogo forense formula para determinar si dicha enfermedad existe o si se está fingiendo.

Uno podría pensar que quien padeciese un trastorno mental podría contestar que efectivamente se siente extraño los jueves o que le entra hambre cuando cree que le están persiguiendo, pero la realidad es muy distinta ya que responder afirmativamente a lo anterior es indicio de que está fingiendo.

Y es que no es fácil lidiar con el “malingering”, término anglosajón de difícil traducción que designa el fingimiento o simulación de síntomas con ánimo de obtener algún tipo de beneficio como pueden ser la atención, ayudas sociales o en este caso obtener la atenuación o incluso la anulación de una sentencia penal. Intervenir en estos casos es una de las tareas de los psicólogos forenses, quienes deben ser conocedores de los procesos mentales que sufren quienes padecen un auténtico trastorno y por tanto también de detectar quienes los imitan.

La simulación es un factor a tener muy en cuenta en casos como el mencionado anteriormente, el relativo al asesinato de Etan Patz. En él, el acusado era Pedro Hernández de 56 años, a quién se le suponía el asesinato en primer grado del menor desaparecido en 1979. Ya en su época fue un caso especialmente mediático, hasta el punto de ser uno de los primeros niños en aparecer su foto en aquellos cartones de leche que tantas veces hemos visto en películas americanas, y declarándose el día de su desaparición como el Día Nacional de los Menores Desaparecidos en E.E.U.U.

El caso quedó sin resolver y sin novedades hasta que en 2012 Hernández fue arrestado y el susodicho le contó a la policía que fue él quien atrajo a Etan hasta un sótano en el SoHo (NY), donde lo estranguló. Luego se deshizo del cuerpo, el cual nunca ha sido recuperado.

Este tipo de juicios nunca son fáciles y este no iba a ser la excepción. Y es que los abogados de Hernández argumentan que su confesión era en realidad falsa. Su defensa se sustenta en testigos que explican que el acusado posee un cociente intelectual bastante bajo y un trastorno que le impide distinguir lo que le sucede de lo que imagina. La acusación por su parte, considera que dichos argumentos no se sostienen y que simula los mencionados síntomas para evitar la condena por los crímenes cometidos.

Por desgracia, este tipo de disputa en casos similares es bastante común, siendo la defensa en base a un supuesto trastorno mental un recurso relativamente habitual, con lo que se requiere de la intervención de peritos psicólogos expertos para que determinen si dicho trastorno existe o si se trata de una simulación.

Sería el caso de James Holmes, el asesino conocido por haber perpetrado la masacre de Colorado en 2012, suceso en el que entró armado a un cine en el cual se proyectaba una película de Batman, disfrazado como un personaje de los cómics por lo que se le dio el sobrenombre de “El Joker”. Holmes fue sometido a diversas pruebas cuyo fin era precisamente determinar si sufría de una esquizofrenia u otro trastorno que le impidiese ser consciente de sus actos y las consecuencias de estos. Finalmente se determinó que sufría un trastorno esquizoafectivo y que si bien este puede alterar la percepción de la realidad este no era el caso de Holmes en el momento de cometer el crimen. Finalmente el jurado determinó que pese a existir un posible atenuante psicológico, los agravantes eran demasiado importantes y cuantiosos como para ignorarlos, por lo que se le condenó a cadena perpetua.

También tuvo mucha repercusión el caso el autodenominado “Hijo de Sam”, el asesino en serie David Berkowitz, que atacaba a sus presas en las calles de Nueva York. En su respectivo juicio David dijo haber actuado siguiendo las órdenes del perro de su vecino, mediante el cual se comunicaba con él el mismísimo demonio. En este caso no se encontró ningún trastorno que pudiera impedir a David ser consciente de sus actos y de hecho tiempo después se retractaría de lo dicho, confesando que todo fue un fraude ideado para atenuar la pena impuesta.

 

Pudiera parecer con lo dicho que los peritos casi siempre encuentran que el presunto trastorno es fingido, pero en realidad no es extraño encontrar que sí existe una enfermedad mental real que afecta al juicio del acusado. Sería el caso por ejemplo de Justin Barkley, quién mató a disparos a un repartidor de correo, convencido de que este era en realidad Donald Trump. Tras ser evaluado por diversos psicólogos, estos concluyeron que la percepción de Justin estaba suficientemente alterada como para no ser consciente de sus actos.

Pero volviendo al tema con el que empezamos ¿cómo determinan los peritos si alguien finge un trastorno o lo sufre? Las preguntas antes mencionadas son una muestra de las que forman diversos cuestionarios y entrevistas especializados en detectar síntomas y discernirlos de los fingidos. Para distinguir al mentiroso se tiene en cuenta que se necesitaría un conocimiento extenso de psicopatología en general y del trastorno que se finge sufrir en particular, además de unas dotes actorales notables. El hecho es que la gran mayoría de gente que finge una enfermedad mental actúa irracionalmente y mostrando síntomas evidentes, pero los trastornos reales afectan a la persona de forma muy distinta.

Para empezar no son aleatorios, pues siguen un orden y taxonomía claros, con síntomas presentes en grado diversos y cada uno afectando de una manera a las esferas de la vida del individuo. Por ello las preguntas que se le formulan al acusado buscan conductas, actitudes o creencias que no sean coherentes con los síntomas en teoría detectados, por ejemplo la aparición conjunta de dos o más de dichos síntomas que no deberían normalmente tener relación alguna.

Por ello es que se formulan preguntas como la ya mencionada “¿Alguna vez ha sentido que la gente le seguía? ¿Le entró hambre en esas ocasiones?” y otras cuya intención es similar aunque son mucho menos evidentes.

Sin embargo, esta no es la única táctica utilizada en estas evaluaciones y también se buscan síntomas que toman una forma poco común entre la gente afectada por un trastorno, como por ejemplo responder que sí a la pregunta “¿Tiene problemas para comunicarse con otros planetas?”. Tal pensamiento es, efectivamente, una idea delirante, pero no obstante es una muy poco común por lo que debería poner en alerta al perito.

Entrando un poco en detalle en lo anterior, los delirios normalmente poseen alguna conexión con la vida del individuo y por tanto deben ser coherentes con esta. Por tanto, un pensamiento como el anterior puede aparecer, pero es raro que lo haga sin eventos personales que lo justifiquen. Hoy en día por ejemplo, un delirio probable sería creer que los terroristas yihadistas quieren dañar al sujeto o conspiran contra él, o quizás estar convencido de que uno mismo es elegido por dicho grupo para cometer algún ataque, sin haber sido realmente contactado por ellos. Se trata pues de ideas irreales, pero siempre conectadas de algún modo a la realidad contextual del sujeto.

Otro dato que se tiene en cuenta es la cantidad de síntomas presentes en la persona, pues a partir de cierta cantidad es más que probable que sean simulados. La psicóloga forense Tali Walters ponía como ejemplo de esto un caso en que le preguntó al evaluado qué comida echaba a faltar más al estar en prisión, a lo que este contestó “El pepperoni y la comida para gatos”. Aunque esto de por sí no evidencia la falsedad o veracidad de su testimonio, es otra señal que puede indicar simulación ya que se trata de un gusto, una conducta, verdaderamente extraños y no relacionados ni habituales en ningún sentido en personas que sufren de trastornos mentales, ya que no encaja en un patrón típico de ninguna enfermedad mental conocida.

Un dato relevante que añade Walters a su historia es que el acusado la miró sin vacilar cuando le dijo que comía pienso para gatos habitualmente. Relevante ya que en realidad la mayor parte de los afectados por trastornos mentales son conscientes de que sus pensamientos y conductas no son normales, o al menos no son bien vistos o aceptados por la sociedad en general, por lo que cuando hacen afirmaciones como esta lo habitual es que titubeen un poco, se avergüencen o quieran evadir el tema.

Por tanto, para poder simular efectivamente un trastorno se necesita un conocimiento profundo de su funcionamiento, síntomas y efectos, es decir en qué manera e intensidad cambia la conducta del individuo que lo sufre. Puede ocurrir que el sujeto tenga formación en psicopatología o psiquiatría, en cuyo caso habrá que tenerlo en cuenta a la hora de realizar las pruebas periciales.

En cuanto a este último aspecto y también para salir de dudas en los casos más complejos, a veces es necesario el uso de pruebas más exhaustivas aplicadas junto a la observación continuada durante un tiempo prolongado (días o incluso semanas). Esta estrategia, que puede parecer simple, es realmente efectiva por el simple hecho de que nadie puede simular un trastorno las veinticuatro horas del día, ya que resulta mentalmente agotador.

Por supuesto, no hay que olvidar el estudio y análisis del historial del sujeto previo a la comisión del crimen. Lógicamente, si existe un trastorno que afectase a las acciones del sujeto este ha de estar presente desde antes del suceso, no solamente después. Por ello es importante revisar la documentación médica y entrevistar a sus conocidos.

Y en cuanto a los casos más complejos o difíciles, no es raro que se pida a varios especialistas que evalúen conjuntamente a los acusados para que sus conclusiones sean más seguras. A veces como en el caso de Pedro Hernández y pese a haber sido detenido en 2012, las deliberaciones se prolongaron hasta principios de este año, concluyéndose finalmente que aunque sufre de un trastorno de personalidad esquizotípica este no afectó a su capacidad de juicio y que por tanto era perfectamente consciente de lo que hacía.

No nos ha de extrañar esta conclusión, pues el deber del perito no es solo determinar si existe o no un trastorno, sino si este puede afectar a la percepción y consciencia del sujeto y además si dicha alteración era sufrida en el exacto momento de la comisión del crimen, pues la mayor parte de las afecciones mentales no merman la capacidad del sujeto de forma permanente y continuada.

 

Fuentes:

MacMillan. How Psychologists Determine Whether Someone Is Faking Insanity. Science of Us; 2017.

Garrido. Perfiles criminales: Un recorrido por el lado oscuro del ser humano. Barcelona: Editorial Planeta; 2012.