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Autoinstrucciones o cómo educarse a uno mismo

Aunque en cada caso concreto se usan técnicas adaptadas al mismo, existen algunas más prevalentes debido a su efectividad demostrada y su utilidad general. Sería el caso de las llamadas autoinstrucciones, una técnica de corte cognitivo cuyo fin es ayudar a quién las usa a cambiar aquellos aspectos de su comportamiento, forma de ser, actitud o estado de ánimo que considera que debería mejorar por algún motivo.

Además, es una técnica sencilla, por lo que puede ser usada incluso en tratamientos que tengan como sujeto a niños o adolescentes. Eso sí, para que el entrenamiento en autoinstrucciones tenga el efecto deseado deberá ser aplicado de forma constante y sistemática, esto es, siempre que se de la situación a cambiar sin excepción. ¡Dijimos que era simple, no que fuese fácil!

Las autoinstrucciones, también llamadas autoverbalizaciones, consisten en mensajes en las que el receptor es el propio emisor, cuyo fin es guiar las propias conductas o pensamientos, cambiándolos por aquellos que consideramos más útiles y adaptados.

El primer paso es escoger un momento en que nos sintamos calmados, tranquilos y emocionalmente en paz, para meditar acerca de aquello que queremos cambiar y pensemos en qué nos podríamos decir a nosotros mismos en esos momentos si pudiéramos mandarnos un mensaje. Veamos un par de ejemplos:

  • Si sabemos que ciertas situaciones nos deprimen o crean ansiedad, podemos pensar en un mensaje que nos ayude a relativizar la gravedad de esa situación, como por ejemplo “Cuando esto pase estaré mejor”, “Voy a mejorar”, “Puedo con esto”. No hay un mensaje universal que le sirva a todo el mundo y por eso debe adaptarse a la persona en cuestión.
  • Tal vez lo que tememos son aquellos contextos en que otras veces hemos consumido alcohol de forma abusiva o alguna droga, ya que quizás volvamos a hacerlo y sabemos que aunque en el momento nos es difícil evitarlo, luego nos arrepentiremos. En este caso las autoinstrucciones podrían ser “Si logro evitarlo luego me sentiré más satisfecho”, “Si consumo luego me arrepentiré” o “Puedo hacerlo”, entre muchos otros.
  • Como ya dijimos antes, esta técnica puede ser útil cuando el sujeto que recibe el tratamiento es un niño o niña, pues la sencillez de la tarea les facilita su uso y aplicación en el momento oportuno, aunque como en el caso de los adultos requerirá de motivación para lograr el éxito. Un ejemplo de este tipo sería el tratamiento de las fobias infantiles y el uso de frases como “No hay nada que temer”, “Cada vez tengo menos miedo”, “Puedo hacerlo” o cualquier otra que el menor crea que le vaya a ayudar a superar esos instantes.

Aunque la técnica no implica necesariamente la verbalización de las frases, pues pueden ser dichas mentalmente, es conveniente hacerlo siempre que sea posible, e incluso en aquellas situaciones en que no nos sea posible (por ejemplo al intentar relajarse al empezar una presentación ante unos potenciales clientes) deberíamos repetir las palabras mentalmente, definiendo el pensamiento y no dejándolo como uno vago y generalista. Así pues, diremos “Puedo hacerlo” (o cualquier otra frases elegida) en voz alta, con toda la energía y seguridad posibles. Si al decirla titubeamos, la repetiremos hasta que la pronunciemos de forma clara, como lo haríamos si estuviésemos animando a otra persona. En caso de necesitar emitir la autoinstrucción sin verbalizarla, la repetiremos mentalmente varias veces empleando la misma energía y seguridad que utilizaríamos si lo hiciésemos de forma hablada.

Si queremos enseñarle la técnica a un niño, lo mejor es predicar con el ejemplo ejecutando una tarea similar a la que él deberá realizar posteriormente, al mismo tiempo que nos hablamos a nosotros mismos, describiendo los pasos que vamos dando para completar la acción y planteándonos posibles dudas que a él le puedan surgir en su momento, respondiendo a las mismas con las autoinstrucciones apropiadas.

Siguiendo el ejemplo anterior, podríamos servirle como ejemplo yendo al baño por la noche. Imaginando cómo debe sentirse él, o pidiéndole antes que nos describa esos momentos, andaremos por el corredor dirigiéndonos al baño, dándole realismo al ejemplo verbalizando que tenemos miedo, pero luego utilizando una de las frases que él tendrá que usar, dejando ver cómo nos causa efecto y nos ayuda a continuar. Si tras el ejemplo el niño expresa otras dudas a las tratadas se puede repetir el ejemplo incorporándolas: “¿y sí hay un monstruo en la oscuridad?”, “Espera, sé que no hay nada en la oscuridad, los monstruos no existen, solo son sombras”, “Puedo ir al baño solo”.

Tanto en el caso de niños como en el de adultos la técnica debe ponerse en práctica y entrenarse para ganar así efectividad. Cuando el sujeto emita sus primeras autoinstrucciones seguramente lo haga con cierta duda, pero conforme vaya usándolas y compruebe como le infunden fuerzas y ánimos, pronto las usará con más convicción.

Por supuesto el entrenamiento y aplicación van a variar según sujeto y caso, pero en líneas generales se trata de recordarnos a nosotros mismos aquellas ideas que tenemos claras cuando somos objetivos pero que tendemos a ignorar cuando estamos más afectados por nuestras emociones (miedo, euforia, tristeza, etc). Hay que tener en cuenta que dichos sentimientos tienden a dominar y definir nuestra forma de pensar, pero si logramos dirigir conscientemente estos pensamientos, entonces las emociones tendrán una influencia menor en nosotros, desapareciendo antes y retornándonos el control. Y no solo eso, pues también son útiles para conseguir prepararse ante situaciones de riesgo, mejorar la atención en la tarea y entrenar nuestra capacidad de organización, entre otros.

Por todo lo dicho se entiende que podemos encontrar diversos tipos de autoinstrucciones. Veamos:

  • Autoafirmaciones: Afirmamos con convicción una idea, como nuestro objetivo o el convencimiento de que sabemos que podemos lograrlo.
  • Autointerrogaciones: Preguntarse a uno mismo qué se puede hacer en un momento determinado, qué formas alternativas existen de actuar a las ya realizadas, qué se ha entendido de la situación, o de qué datos se dispone. Busca evitar el estancamiento del pensamiento, pues obliga a no fijarse en un curso de acción o inacción, promoviendo la proactividad y la capacidad de resolución de problemas.
  • Análisis de la tarea: Se trata de instrucciones que indican los pasos a seguir y su sucesión lógica para poder enfrentarse a problemas concretos o situaciones conflictivas para el sujeto.
  • Autocomprobaciones: En relación con el anterior, busca corroborar un resultado y si existe un error en el mismo o se puede mejorar, analizar qué falló o qué puede mejorarse y cómo (“¿He preguntado con educación?”, “¿Hice mi trabajo lo mejor que pude?”, “¿Me he exigido más de lo debido?”, ¿He intentado hacerlo sin buscar ayuda de otros”?)
  • Autorefuerzo: Felicitaciones que nos damos a nosotros mismos. Tienen la virtud de energizarnos y cambiar nuestra perspectiva a una más positiva. Son especialmente útiles cuando la situación a superar involucra sensaciones negativas como el miedo, la ansiedad, la apatía o el desánimo. Cuando logremos sobreponernos a esas emociones debemos reconocernos el mérito para favorecer el buen ánimo de cara a futuras situaciones similares, lo que a su vez mejorará nuestra probabilidad de éxito. Además, empleadas cuando no se logre un objetivo a corto plazo ayudan a poner en perspectiva lo sucedido y mantener una buena actitud: “Hoy ha sido un mal día, pero lo he aguantado bien.”, “Hoy he consumido, pero hacía años que no. Aprenderé de lo sucedido y ahora resistiré todavía más”, “He logrado llegar hasta el final del pasillo solo, ya no me da tanto miedo como antes”.

No obstante, los adultos no estamos acostumbrados a verbalizar nuestra decisiones y pensamientos si no es para decírselos a otros, por lo que utilizar esta técnica (o enseñársela a un menor) puede entrañar cierta dificultad, pero en verdad resulta mucho más efectiva cuando se ha practicado y verbalizado la instrucción literalmente (o enseñado al niño sirviéndole como ejemplo antes), por lo que consideramos que es un tiempo bien invertido y por tanto el terapeuta debería dedicar unos momento a explicar algunos fundamentos que expliquen porqué funciona.

Por decirlo brevemente, aunque convendrá explayarse en ello en futuras entradas, la mente humana tiene dificultades para centrarse plenamente en dos tareas o pensamientos distintos. Por así decirlo, si dedicamos toda nuestra atención a darnos a nosotros mismos una orden contraria al sentimiento que surge espontáneamente en ese momento, nuestro pensamiento va a verse modificado forzosamente al no poder sentirnos a la vez, por ejemplo, alegres y tristes.

Otro aspecto interesante es que nuestras verbalizaciones nos condicionan, somos por así decirlo esclavos del lenguaje. Por eso una persona en estado depresivo suele hablar de sí mismo y de cuanto le rodea de forma crítica, valorándose cada vez peor y deprimiéndose más y más. Pero por suerte esto funciona en los dos sentidos y de este modo alguien que insista  en que se va a sentir alegre y que hable de sí mismo ante los demás de un modo positivo, acabará más fácilmente por sentirse satisfecho, contento y esperanzado.

De igual modo una persona que se expresa acerca de sí mismo recalcando que está superando sus problemas pasados es más probable que continúe luchando contra ellos, y también alguien podría superar sus fobias si verbaliza que va a superarlas de forma continuada y sistemática. Eso sí, es importante que las verbalizaciones se hagan con convencimiento, pues de nada sirve repetir diez veces cada día “no tengo miedo” si en el fondo se tienen dudas al respecto. Se trata pues, de expresar y sentir que se puede superar el problema en cuestión.

Otra opción es usar las instrucciones como un diagrama de flujo, planificando así los pasos a seguir. Este uso es especialmente interesante para mejorar la capacidad de resolución de problemas, tanto a nivel práctico como académico:

  • Paso 1: “Voy a leer el ejercicio.”
  • Paso 2: “¿He entendido lo que leí?”
  • “No lo he entendido, mejor lo vuelvo a leer (paso 1)” o bien “Lo he entendido (paso 3)”.
  • Paso 3: “Qué es lo que debo hacer?”
  • Paso 4: “Haré el ejercicio prestando atención, intentando no distraerme. Si pasa, volveré a él para continuarlo.”
  • Paso 5: “Ahora a repasarlo”
  • “Me he equivocado. No pasa nada, empezaré de nuevo y esta vez me saldrá mejor porque he tomado nota de mi error. (Paso 4)” o bien “Lo he hecho correctamente, ¡muy bien!”

Un último aspecto a tener en cuenta pero que no por ello es menos importante es el uso de tarjetas para reforzar las autoinstrucciones. Podemos hacerlas a mano o utilizando cartulinas tamaño tarjeta que suelen vender en cualquier papelería. Otro día nos explayaremos más en este concepto, pero la idea es escribir en ellas una o varias frases motivadoras o autoinstrucciones y poder llevarlas siempre encima, por ejemplo en la cartera, de modo que podamos recurrir a ellas en momentos de necesidad, leerlas y recordar que todo pasa, que podemos lograrlo y que lo vamos a superar.

Fuentes:

Entrenamiento en autoinstrucciones, Departamento de Educación, Universidad, Cultura y Deporte del Gobierno de Aragón.

 

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Psicología de las emergencias I: ¿Qué es una emergencia?

La psicología como ciencia aplicada está cada vez más presente en nuestras vidas, pudiendo encontrarla en el ya clásico ámbito terapéutico, el judicial en su modalidad forense, el educativo y muchos otros entre los cuales se encuentra aquel del que me gustaría hablar hoy, el de las emergencias.

La psicología de emergencia es aquella que centra sus esfuerzos en estudiar y posteriormente aplicar el conocimiento psicológico a las situaciones de crisis o catastróficas y a evitar o paliar las consecuencias que estas tienen en los individuos afectados. Y es que ante un desastre los individuos y los grupos humanos que conforman pueden verse perjudicados, tanto antes como después y durante el evento en cuestión.

Para mitigar los efectos perniciosos que de estas situaciones se puede derivar, el psicólogo de emergencias posee estrategias para intervenir urgentemente, mitigando los daños psicológicos y las respuestas no adaptativas, facilitando además la posterior rehabilitación. Por tanto, no se busca eliminar un sufrimiento que en realidad normalmente no podrá ignorarse, sino apoyar a las personas de modo que sufran lo justo y necesario, superen la situación y, cuando su entorno se estabilice nuevamente, tengan una mayor probabilidad de recuperarse sin secuelas.

¿Qué es una emergencia?

Aunque pueda parecer una pregunta banal, conviene preguntarse qué entiende la psicología como una emergencia y qué diferencias hay entre cada situación desde el punto de vista del psicólogo.

Empezaríamos diferenciando entre situaciones individuales o colectivas, según afecten a una persona en particular o a un grupo más o menos grande de gente. Por otro lado estos sucesos pueden tener distinto origen y forma, pudiendo ser naturales, tecnológicos, bélicos o sociales:

  • Naturales: Categoría referidas a sucesos causados naturalmente como pueden ser los terremotos, tornados o inundaciones, pero también pandemias o ataques de animales salvajes. En general estos sucesos suelen afectar a individuos de forma aleatoria pero se dan con más probabilidad en zonas geográficas proclives a ello (en el caso de los fenómenos climáticos o geológicos) o con un mayor déficit sanitario (bacteriológicos).
  • Tecnológicos: Aquellos sucesos acaecidos por deficiencias en las infraestructuras creadas por la humanidad o accidentes, como pueden ser los derrumbes, incendios industriales, inundaciones al romperse diques o presas, accidentes ferroviarios, aéreos o de circulación.
  • Bélicos: La guerra, con sus consecuentes ataques que normalmente afectan no solo al bando opuesto sino también a la población civil con bombardeos, armas químicas y nucleares, asaltos armados y campos de minas entre otros. Se diferencia del anterior grupo en que si aquel era producto de defectos o fallos, los sucesos bélicos se producen por voluntad en el sentido de que los elementos usados se han ideado para dañar o incluso matar.
  • Sociales: Categoría referida a los actos terroristas (al no formar parte estos de una guerra abierta), el hambre sufrida por los más desfavorecidos, actos de secuestro o revoluciones y manifestaciones que derivan en violencia. Funciona pues como cajón de sastre, pero aúna situaciones cuyo origen es activa o pasivamente humano.

Y esto nos lleva al siguiente aspecto a tener en cuenta, que es la existencia o ausencia de intencionalidad. Como hemos visto, la catástrofe puede sobrevenir debido a numerosos factores, como los fallos mecánicos, fenómenos naturales y humanos. Sin embargo entre estos últimos se puede distinguir entre los que son causados accidentalmente y aquellos que en cambio suceden a propósito.

Víctimas de terrorismo

Entre ambos tipos de catástrofe no hay mucha diferencia aparente en cuanto a las consecuencias, pues en los dos casos podemos prever una situación de emergencia debido a las consecuencias negativas que surgirán de forma inmediata. No obstante, el saber que lo sucedido es obra de un individuo concreto y que este lo ha causado intencionalmente puede producir efectos distintos en cuando al daño psicológico sufrido, el mantenimiento o no de las secuelas y los potenciales trastornos que podrían aparecen en las víctimas.

En concreto, es más probable que los efectos negativos sufridos sean más intensos y las secuelas más severas y duraderas cuando la emergencia haya sido causada por un autor intencional. La diferencia estriba en que la mente humana necesita asumir la inevitabilidad de lo sucedido para aceptarlo como una desgracia que no podía haber evitado, pero esto resulta mucho más difícil cuando se sabe que lo ocurrido ha sido por decisión de un individuo. Superar la crisis será en esta caso más complicado pues además de la tristeza y la ansiedad, los afectados han de lidiar con la rabia y la impotencia que sienten.

Por poner un ejemplo, la persona que sufre un atentado ha de retomar su ritmo de vida normal superando las posibles secuelas físicas sufridas, pero además lo ha de hacer con la consciencia de que en cualquier momento se puede producir un nuevo ataque de forma inesperada, lo cual a priori él o ella no podrá prever. A partir de ese momento, ciertas etnias o grupos, algunas declaraciones políticas, noticias e incluso lugares, serán percibidos e interpretados desde el particular prisma de la víctima. Por supuesto que todo ello se puede superar, pero no podemos desdeñar las dificultades añadidas a las ya existentes en el resto de catástrofes.

Otro elemento que determinará la gravedad de las lesiones y secuelas psíquicas sufridas será en grado en que la persona fue afectada (Taylor y Frazer, 1981-1987). Así encontraríamos:

  • Víctimas de primer grado o reales: Las que sufren el impacto y daño de forma directa.
  • De segundo grado: Familiares o amigos de las víctimas reales, que sufren la angustia y preocupación en el momento e inmediatez posterior, y el estrés derivado de ello y el que se genera durante la posterior recuperación.
  • De tercer grado o víctimas ocultas: Integran los equipos de respuesta ante la emergencia, quienes se ven afectados por el peligro al que se exponen y por el desgaste emocional y mental que supone tal situación.
  • De cuarto grado: Grupo referido a la comunidad en su conjunto, en el sentido de que esta se ve sacudida por los hechos y todos sus miembros se ven afectados emocional y materialmente en grado diverso.
  • De quinto grado: Aquellos que tienen conocimiento de los hechos a través de los medios de comunicación, quienes a pesar de la distancia puede sentirse en peligro por diversos motivos.
  • De sexto grado: Este último grupo se refiere a las personas que no se encontraban en el lugar de los hechos pero podrían haber estado, por ejemplo si pretendían ir de vacaciones a cierto lugar donde finalmente no fueron y en esas fechas ocurrió allí una desgracia. En este grupo el sentimiento predominante es la culpa, aunque por lo general el sujeto no tenga responsabilidad alguna en los hechos y no podría haberlos evitado o paliado.

Para clarificar lo anterior, son los primeros grados o niveles los que sufren mayores lesiones, en más cantidad y con mayor probabilidad de generar secuelas. Un caso práctico reciente sería el del atentado perpetrado en Barcelona el pasado mes de Agosto. En este ejemplo las víctimas de primer grado serían los muertos y heridos en el acto terrorista, mientras que las de segundo grados serían todas aquellas personas cercanas emocionalmente a esas víctimas, como pueden ser sus familias y amigos íntimos.

El tercer nivel corresponde a las fuerzas policiales, militares, bomberos, equipos médicos y paramédicos, así como profesionales de la salud mental que brindaron su apoyo a las víctimas en los momentos posteriores al atentado. El cuarto grado en este ejemplo son los habitantes de la ciudad catalana, quienes aunque no presenciaran el suceso pueden sentir la amenaza que se ha cernido sobre ellos.

En quinto lugar tenemos al resto de España e incluso parte del extranjero donde también tuvo repercusión la noticia. En el mismo sentido que el anterior grupo, es difícil no sentirse amenazado ante un peligro que parece surgir de la nada, de forma impredecible y con una capacidad dañina tan grande. La lejanía atenúa en cierta medida esas sensaciones y sentimientos, pero esta no siempre es garantía de seguridad como sucede en el caso que nos ocupa. El hecho de que los atentados se sucedan con cierta continuidad desde hace un tiempo y parezcan ampliar cada vez más sus objetivos hace difícil desdeñar el potencial peligro. Sin ir más lejos, la ciudad de Xátiva, aparentemente sin relación alguna con Barcelona, estaba en alerta durante esos mismos días al estar celebrándose la Feria, evento al cual acuden miles de personas, y haber sido amenazada por grupos terroristas con anterioridad.

El sexto grupo englobaría a las personas que, en este caso, planeaban estar en Barcelona esos días pero finalmente no fueron, así como a los propios habitantes de la ciudad o turistas que pensaban transitar la zona de la Rambla pero no lo hicieron en ese justo momento, por fortuna para ellos.

Lesiones y secuelas psicológicas

Los daños psicológicos que sufren las víctimas de una catástrofe de alguno de los tipos mencionados pueden tomar formas muy diversas. Es deber del psicólogo de emergencias saber discernir entre los diversos síntomas posibles y atribuirles una gravedad y prioridad, así como conocer el tratamiento urgente adecuado. Nótese que dichos tratamientos no son equivalentes a los de las diversas psicoterapias usadas para cada trastorno, ya que aquí deberá adaptarse al contexto del suceso, así como a la urgencia del momento.

Las secuelas psicológicas que sufra cada individuo vienen determinadas por la combinación del suceso, el contexto y características de este, más los propios factores personales de la persona en cuestión, como su personalidad, experiencias vitales, apoyos, etc.

La sintomatología más típica son los estados emocionales relacionados con el miedo y la ansiedad, que pueden tomar la forma entre otros de bloqueos o parálisis similares a la catatonia, ataques de pánico o el desarrollo posterior de fobias. Hablamos de miedos pero de entre ellos destaca sobre todo uno, el miedo de muerte, que se refiere a la angustia generada por el miedo a morir o a que mueran seres queridos, con el consiguiente malestar que esto causa en el individuo.

Es precisamente este miedo a morir un elemento que añade todavía más peligro al suceso catastrófico. Cuando el sujeto se encuentra entre un grupo y sucede un evento que entraña un evidente peligro, se activan los instintos de supervivencia de la persona y la toma de decisiones pasa a su estado más básico. No les pasa a todos pero si a una mayoría, que en estas situaciones buscará el refugio del grupo, despersonalizando sus acciones e imitando al resto. Por ejemplo, si se oye una explosión y todo el mundo se marcha corriendo en una dirección, la mayoría tenderá a seguir esa misma dirección y mezclarse con la estampida, a riesgo de sufrir lesiones debido a la violencia implícita en la marea de gente que luchará por salvarse.

En próximas entradas desarrollaré en detalle estas posibles consecuencias psicológicas y la labor del psicólogo de emergencias.

Bibliografía:

Impacto psicológica en el trabajo de emergencias y desastres en equipos de primera respuesta. Por A. Palacios, L. Condori y V. Ego-Aguirre.

La psicología de emergencias: una nueva profesión. Por MJ Ochoa.

La Depresión

La depresión es uno de los trastornos psicológicos más conocidos y uno de los principales motivos de consulta, pues resulta relativamente común entre la población actual. Sin embargo, el conocimiento popular no es el mismo que el clínico y es por ello que muchas veces no se sabe identificar el problema correctamente ni tratarlo a tiempo. La siguiente pretende ser una guía introductoria que pueda ayudar a paliar dicho problema, ofreciendo información general respecto a este trastorno, contrastada y útil.

¿Qué es la depresión?

La depresión, como ahora veremos, es un enemigo silencioso que entra en nuestras vidas poco a poco y sin avisar, de modo que cuando se apodera del día a día de la persona esta puede no darse cuenta hasta que ya es demasiado tarde. Sus síntomas más habituales son un estado general de tristeza, acompañado con apatía, incapacidad para disfrutar y algunos efectos somáticos que pueden ser confundidos con otras patologías y con los que hay que estar por tanto muy atentos (por ejemplo, el cansancio o el dolor).

Podemos dividir estos síntomas en cuatro categorías: cognitivos, afectivos, conductuales o motores y somáticos. Los tres se relacionan y vertebran alrededor de lo que suele ser llamada la Triada depresiva, es decir pensamientos negativos respecto a uno mismo, el mundo que nos rodea y el futuro que nos espera. El individuo se sentirá mal consigo mismo, percibirá el mundo como un lugar hostil del que puede esperar poco o nada y por tanto intuirá que su futuro no va a mejorar y posiblemente empeore, lo cual le producirá aún más desánimo y propiciará que no haga nada por cambiar su situación al sentir que nada importa.

Tipos de trastornos depresivos

El DSM-V, el Manual diagnóstico y estadístico de trastornos mentales, aúna varias patologías con características similares en un grupo llamado “Trastornos depresivos” y los define como aquellos que afectan a la normal regulación del estado de ánimo. Incluye la depresión mayor y la distimia entre otros y aunque no es conveniente ahora ahondar en los detalles que los diferencian, hay que decir que todos ellos comparten como característica la presencia de un ánimo triste, apático o irritable, así como cambios somáticos y cognitivos que afectan al individuo en su normal funcionamiento diario, diferenciándose unos de otros en su duración, gravedad, persistencia y origen.

Posiblemente el más conocido y el que quizás tenga en mente el lector es el Trastorno de depresión mayor, el cual podría ser resumido como un estado de tristeza muy intenso que se prolonga en el tiempo de forma no adaptativa. El manual ofrece una lista de síntomas a buscar que indicarían la presencia de este trastorno:

  1. Cinco o más de los siguientes durante al menos dos semanas (requiriéndose la presencia del número 1 o el número 2):

    1. Estado de ánimo deprimido la mayor parte del día, sentimientos de tristeza y desesperanza.

    2. Pérdida de interés por casi todas las actividades durante la mayor parte del día o bien del placer que antes se obtenía de ellas.

    3. Modificación importante del peso corporal sin hacer dieta o sin mediar trastorno médico o medicación, o pérdida de apetito casi todos los días.

    4. Dificultades generales para dormir o ganas de dormir continuamente.

    5. Agitación o inmovilidad la mayor parte de los días, observada por los demás no siendo válida pues la simple sensación subjetiva informada por el paciente.

    6. Fatiga o pérdida de energía.

    7. Sentimientos de inutilidad o culpabilidad excesiva o inapropiada, pudiendo llegar a ser delirante.

    8. Pérdida de la capacidad para pensar, concentrarse o decidir.

    9. Pensamientos de muerte recurrentes, ideas suicidas aun sin un plan determinado, intentos de suicidio o elaboración de un plan concreto para ello.

  2. Los anteriores síntomas causan malestar significativo, deterioro social o laboral y afectan a otras áreas del normal funcionamiento de la persona.

  3. Los síntomas no pueden atribuirse a efectos de alguna sustancia o afección médica.

  4. Los síntomas no se explican mejor por un trastorno esquizoafectivo, esquizofrenia, esquizofreniforme, psicótico o cualquier otro. Esta distinción debe ser realizada por un especialista que pueda descartar este tipo de problemas.

  5. No haber sufrido nunca episodios maníacos o hipomaníacos, aunque este punto no se aplica si dichos episodios pudieron ser originados por el consumo de sustancias o por una afección médica.

Diagnóstico

En base a los anteriores síntomas se debe emitir diagnóstico. No obstante, resulta notable que la lista de síntomas no tiene en cuenta el posible origen y causas del trastorno, careciendo pues de contexto.

Para dotar al diagnóstico de dicho contexto, de un marco teórico desde el cual analizar lo que le sucede a la persona se emplea el análisis funcional, consistente en definir el problema mediante sus elementos contextuales, los antecedentes personales y sociales sean estos próximos en el tiempo o del pasado, así como las consecuencias que todo ello tiene en el sujeto.

Para realizarlo se debe tener en mente una teoría validada que respalde el análisis y el futuro tratamiento, si bien todas tendrán varios elementos en común como considerar como punto central del trastorno la emoción llamada tristeza. Dicha emoción se origina ante una pérdida, ya sea esta material, emocional, social o del tipo que sea, que afecta al sujeto empezando este a sentirse triste, una reacción no voluntaria cuya función es la de pedir ayuda a quienes nos rodean. El problema viene cuando por algún motivo esta reacción emocional se prolonga en el tiempo demasiado o alcanza una intensidad que impide a la persona actuar normalmente y recuperar su ritmo de vida normal, convirtiéndose en patológica y dando lugar a la depresión.

Por supuesto, el problema es bastante más complicado que esto y habría que tener en cuenta la bioquímica humana y cómo esta se ve afectada por el proceso depresivo, creando un bucle en su cuerpo que le impide salir de la situación, pues ese desajuste tiende a perpetuar el estado de ánimo negativo y apático. Sin entrar en detalles, me gustaría explicar que la depresión debe entenderse al mismo tiempo como una alteración de nuestro cuerpo, pero también de nuestra mente y es precisamente esta una de las clave para superar el problema, como veremos más adelante.

Teorías acerca de la depresión

Existen diversas teorías que explican los procesos depresivos de las cuales mencionaré las principales y las que considero que aportan más a la hora de comprender este tipo de trastornos. En primer lugar tenemos la teoría conductual, que considera como el origen de la depresión la falta de refuerzos, es decir que la persona ha aprendido que sus acciones no reciben el premio que espera, por lo que actuar es inútil. El problema es que al dejar de actuar, recibe cada vez menos refuerzos y por tanto la depresión se acrecenta y perpetúa. Siguiendo este razonamiento encontramos que el tratamiento debería consistir en reemprender la actividad buscando la recompensa de nuevo y una vez se logre recibir reforzamiento nuevamente se romperá el círculo de inactividad y pasividad, el sujeto se sentirá mejor y volverá poco a poco a su ritmo de vida normal.

Por ello es muy importante la forma de plantear el problema a la persona y cuando este nos diga que no quiere hacer nada porque no le apetece y que lo hará cuando tenga ganas, hay que hacerle ver que ha de hacer justo lo contrario. No esperar sino actuar y en cuanto las actividades le proporcionen el ansiado refuerzo es cuándo empezará a sentirse mejor.

Otra teoría de importancia capital para entender los trastornos depresivos es la cognitiva, la cual interpreta que son resultado de la propia forma de pensar del paciente, afectada por lo que llamamos distorsiones cognitivas. Estas distorsiones consisten en la percepción errónea de la realidad de forma generalmente negativa. Este sesgo hace al sujeto valorar negativamente su contexto, su futuro y a sí mismo/a.

Por tanto es muy importante saber reconocer este tipo de pensamientos negativos espontáneos, analizarlos y procurar cambiarlos por otros más racionales y objetivos. Es buena idea por ejemplo hacerle saber al sujeto que cuanto más piense acerca de un tema, en realidad cada vez tenderá a dedicarle menos esfuerzo cognitivo y automatizará esas ideas, generalizando su aplicación a otros contextos similares y estableciendo un filtro depresivo que le hará verlo todo más negativamente.

Si en cambio el sujeto entiende cómo funcionan sus pensamientos automáticos estará más preparado para analizarlos de forma racional, aunque en muchas ocasiones será complicado cambiarlos y además evitar que retornen. Es por ello que la batalla contra la depresión puede ser difícil, aunque desde luego no imposible de vencer.

Una distorsión cognitiva bastante habitual sería la indefensión aprendida, término que indica una sensación de desesperanza tal que el sujeto no actúa ni intenta resolver sus problemas, pues piensa que nada de lo que haga saldrá bien ni servirá de nada. Como vemos, enlaza con la teoría conductual.

Por último, no puedo olvidar las teorías de cariz biológico, centradas en los desequilibrios en nuestro organismo que propician la aparición de la depresión y su mantenimiento. Mediante estudios enmarcados en estas teorías sabemos cómo nos afecta biológicamente la inactividad y los estados depresivos o de apatía, así como también cómo superarlos. Y es que esta química funciona en dos sentidos, pues si un cambio en los neurotransmisores nos produce esas sensaciones y nos lleva a la inactividad, cosa que afecta todavía más a nuestra química interna, también es cierto que si empezamos a movernos, a realizar actividades y recuperamos nuestros refuerzos sociales y materiales, romperemos la cadena y recompondremos nuestro equilibrio interno. Por supuesto, otros aportes al respecto serían los fármacos antidepresivos, de los que hablaré en otra ocasión.

Como vemos, aunque cada teoría se centrar en unos elementos concretos, nada impide combinarlas y analizar cada caso individualmente teniendo todo esto en cuenta, pero centrándonos en el paciente en particular, su contexto y vivencias.

Tratamiento

Así pues, según el tipo de problema, las características de la persona y su situación, se podrá abordar el trastorno con un tratamiento u otro, según el especialista considere más adecuado. Existen tratamientos farmacológicos y otros más centrados en los síntomas conductuales, pero hoy me centraré en el tipo de psicoterapia más popular al ser la que ha demostrado obtener mejores resultados, la terapia cognitiva-conductual, que además es la que uso habitualmente junto con ciertas aportaciones de la psicoterapia interpersonal.

Este tipo de tratamiento propone varios objetivos agrupados en dos grupos:

  • Aprender a evaluar las situaciones y sucesos de forma realista y objetiva, no sesgada ni negativa.

    • Aprender a tener en cuenta todos los datos disponibles y no solo aquellos que confirmen las ideas sesgadas.

    • Saber formular explicaciones alternativas a las automáticas, más racionales.

    • Uso de experimentos conductuales, es decir, implementar nuevos comportamientos que generen nuevas oportunidades y resultados distintos a los que se venían produciendo, buscando así una mejora en cuanto a la resolución de problemas y la interacción social.

  • Recuperar y mejorar las relaciones sociales, eliminando los déficits al respecto:

    • Entrenar en habilidades sociales para evitar el sufrimiento excesivo no adaptativo en las relaciones propias.

    • Mejorar el autoconcepto y la autopercepción, es decir, la forma en que el sujeto se ve a sí mismo y los atributos que considera tener.

    • Aprender a asumir las pérdidas, ya sean amistades, familiares o simples pérdidas materiales por importantes que puedan parecer.

    • Eliminar el déficit interpersonal, que en la depresión suele tomar forma de aislamiento social.

    • Cambiar la conducta pasiva o agresiva por una más asertiva. La asertividad consiste en la defensa de los propios intereses y opiniones, respetando al interlocutor y lo que intenta comunicarnos, mejorando pues el entendimiento entre ambas partes y la relación.

Para cumplirlos, el psicoterapeuta utilizará diversas técnicas de tipo conductual y cognitivo, siendo empleadas las primeras generalmente al principio del tratamiento a fin de que el sujeto recupere su normal funcionamiento cuanto antes mejor, y las segundas se van agregando poco a poco para evitar nuevas distorsiones cognitivas e ideaciones depresivas (pensamientos negativos y automáticos). En suma se trata de ayudar al paciente a recuperar su vida y luego darle herramientas para que la preserve, evitando así recaídas.

Algunas de estas técnicas son la programación de actividades y el compromiso de cumplirlas, el entrenamiento en asertividad, la observación y registro del pensamiento propio, la práctica cognitiva, modificación de la autopercepción y autoconcepto, así como el aprendizaje e información respecto a la relación entre depresión, pensamiento, sentimiento, sensación y conducta. Cada una de estas técnicas tiene su utilidad y se utilizarán o no según el caso concreto. Para no dilatar el texto, las explicaré en futuras entradas.

Bibliografía:

DSM-5. Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales.

La Depresión, por J.A. García Higuera.

Terapia cognitiva de Beck para la depresión, por Elia Roca